La figura de Babe Ruth suele asociarse a su estilo de vida rebelde y a sus hazañas en el terreno de juego, pero su faceta más humana a menudo queda en segundo plano. Durante su carrera, el legendario jugador dedicó gran parte de su tiempo a visitar hospitales para consolar a niños enfermos. Un ejemplo notable ocurrió en 1927, cuando prefirió visitar a un menor en un centro médico en lugar de asistir a un almuerzo oficial con líderes de la ciudad. Estas acciones, muchas veces realizadas sin la presencia de cámaras o reporteros, reflejaban una compasión forjada en su propia infancia difícil.
Un legado de solidaridad y superación
La empatía de Ruth nació de sus años en la Escuela Industrial St. Mary's para Niños, donde creció bajo la tutela del hermano Matías, quien se convirtió en su figura paterna. Esta experiencia marcó su vida y lo motivó a ayudar a quienes se sentían olvidados. Un caso emblemático fue el de Johnny Sylvester, un niño que recibió la promesa de un jonrón por parte de Ruth y que fue visitado personalmente por el atleta tras la Serie Mundial de 1926. Este compromiso con la niñez se formalizó en 1947 con la creación de la Fundación Babe Ruth, destinada a brindar atención médica y recursos deportivos a menores de escasos recursos.
Incluso durante su propia batalla contra el cáncer, el deportista mantuvo su enfoque en el bienestar ajeno hasta su fallecimiento en 1948. Su legado trasciende las estadísticas del béisbol, recordándonos que su verdadera grandeza residía en las visitas silenciosas que nunca fueron documentadas por la prensa. En la actualidad, figuras como David Ortiz han sido comparadas con el "Sultán de la Estaca" debido a su labor constante en favor de la niñez, manteniendo viva la tradición de utilizar la influencia del deporte para generar un impacto positivo en la sociedad.
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